Investigación y transferencia

El tiempo de la posverdad

Bocca della Verità. (Wikimedia)

Bocca della Verità. (Wikimedia)

Muchos medios de comunicación y el propio Diccionario Oxford han designado la “posverdad” como palabra o concepto del año en el recién finalizado 2016. La era de la posverdad ha llegado y se ha aposentado entre nosotros. Con este término se definen aquellos acontecimientos en los que tanto las creencias personales como las emociones juegan un papel más importante que los hechos objetivos en la formación de la opinión pública. Es un neologismo que algunos atribuyen al bloguero David Roberts que lo empleó en 2010 refiriéndose a la realidad de la verdad política (Post Truth Politics) en un artículo de la revista electrónica Grist. Sin embargo, en 2004 el sociólogo estadounidense Ralph Keyes ya publicaba Post-truth con la misma intención, y posteriormente Eric Alterman lo empleaba en un sentido político para explicar la utilización de las emociones en la estrategia de Bush tras el 11-S.

Precisamente, varios acontecimientos de relevancia internacional acaecidos en los últimos doce meses han tomado forma o, al menos, se han visto condicionados por elementos de esta posverdad. El resultado de los referéndums en Reino Unido, con el triunfo del “Brexit”, o en Colombia, en el que la mayoría dio la espalda al proceso de paz, y el triunfo de Trump en las elecciones presidenciales en EEUU ilustran de forma clara una realidad sometida a los vaivenes de un relato, cada vez más fugaz e incierto.

Las tímidas medidas anunciadas por los dos gigantes de las redes sociales –Facebook y Twitter– para combatir los efectos de este fenómeno no parecen todavía suficientes para controlar la generación y difusión de noticias alejadas de la verdad. Una historia se convierte en posverdad cuando, a pesar de ser falsa, se comparte o twittea millones de veces hasta que toma dimensión de tendencia y cala en la opinión pública, condicionando una decisión política o comercial. Estas narraciones se cocinan y aderezan en las factorías de los partidos políticos o de las grandes empresas transnacionales, pero también pueden originarse en la cuenta de cualquier usuario de los social media.

La comunicación ha sufrido una revolución sin precedentes de la que todavía estamos extrayendo sus consecuencias más inmediatas. En pocos años miles de internautas han tomado el mando y se han convertido en fuentes de información para un público cautivo que únicamente se informa a través de lo que lee en Facebook o de lo que se convierte en trending topic. Ese poder antes residía en un puñado de corporaciones, dueñas de los mass media de medio mundo, que a pesar de estar en manos de magnates o de entidades financieras, se tornaban más reconocibles e identificables. Hoy la socialización de las grandes informaciones se ha diversificado de forma exponencial y resulta complicado asignar una noticia a una fuente concreta o confirmar su veracidad.

El primer efecto de este fenómeno es la visión miope y reduccionista con el que observa la realidad un gran segmento de la opinión pública. El segundo, la gran capacidad/poder que adquieren las redes sociales para manipular e intoxicar la descripción del momento político, económico y social con informaciones falsas. Por último, el gran mosaico, mayoritariamente audiovisual, que ofrecen los nuevos medios está cargado de símbolos y emociones, desde los que se busca el agrado y la aceptación de los demás a través de los “I like” o de las veces que se comparte un contenido. Y como se ha repetido hasta la saciedad, la información veraz siempre ha estado reñida con los impactos emocionales y la frivolidad de las noticias, que mezcladas en esta coctelera on line nunca sabremos hasta el día después que resaca nos va a dejar.

(Post publicado originalmente en el blog solasean.com)

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