Investigación y transferencia

Tiempos acelerados

Publicado originalmente en Solasean.

The Persistence of Memory (Salvador Dalí)

El verano es un momento idóneo para parar y resetear nuestra cotidianeidad, asumiendo que cada uno atravesamos distintos altibajos vitales y nuestra situación es también diferente. No es lo mismo una persona que desempeña su labor como reponedora en una gran superficie, que aquella que ejerce una alta responsabilidad en una multinacional, que otra que se encuentra desempleada. Es muy diferente la que puede permitirse hacer unas vacaciones que aquella que no tiene esa posibilidad. No es igual un padre o una madre de tres hijos que un adolescente a punto de entrar en la universidad. Por desgracia, todavía hoy no es lo mismo la vida de una mujer que la de un hombre, etc. Sin embargo, el tiempo –como concepto– es una idea que parece reflexionarse mejor en esta época del año, quizá porque cerramos y abrimos ciclos, porque el verano divide el año en dos, o porque finaliza e inicia cursos, ejercicios y estaciones.

Este verano pienso mucho en el tiempo, sobre lo acelerados que vivimos, en la intensidad improductiva en la que muchas veces invertimos nuestros minutos, y sobre todo, en la diferente impresión que tenemos de nosotros mismos cuando nos encontramos en plena actividad y cuando nos alejamos unos días de ella. Algo pasa en nuestras mentes y en nuestros cuerpos cuando descansamos, porque somos capaces de relativizar el tiempo y las actividades que durante los meses de trabajo nos han agobiado y aturdido. A veces, en el tiempo de asueto prolongado somos incluso conscientes de lo ridículas que resultan algunas de nuestras reacciones y lo desproporcionado de nuestro estado vital.

Pero me inquieta que este mundo se haya agitado como una batidora en las últimas décadas, y que todos corramos, sin pararnos a pensar, a dónde y para qué. La catedrática australiana Judy Wajcman, autora del ensayo “Esclavos del tiempo” –con el título original Pressed for time– reflexiona sobre la celeridad a la que circulan nuestras vidas. Ella parte de la premisa de que las nuevas tecnologías han abierto un gran abanico de posibilidades, pero sobre todo nos han proporcionado una gran capacidad para realizar muchas más actividades en menos tiempo. Por lo tanto, pueden ser uno de los factores de esta aceleración. La autora acaba señalando que el tiempo es subjetivo y que las tecnologías cambian nuestra concepción del tiempo dependiendo del uso que hacemos de ellas.

Lo que sí parece evidente es que el tiempo es como un acordeón. Hay instantes que se estira como un chicle y otros que se encoge como una esponja seca. Da la sensación de que en los últimos años estamos experimentando una importante aceleración del tiempo que hace también acelerar la historia, o por lo menos condensar en un menor período de tiempo mayor cantidad de acontecimientos trascendentes que acaban por modificar procesos, derrocar regímenes o hacer variar las claves que rigen la macroeconomía. La entrada de pleno en la posmodernidad a finales del siglo XX ha afianzado el fenómeno, descrito por Bauman, de los “tiempos líquidos”, efímeros, pasajeros y cambiantes. Y esto ha sido posible, entre otras razones, gracias al desmoronamiento de los grandes relatos que sirvieron a los hombres y mujeres de la modernidad para entender la realidad, y consolidar en el tiempo y en el espacio sus creencias y su actividad. Las referencias espirituales e ideológicas se han diluido y con ellas la estabilidad temporal de las proclamas, las instituciones clásicas y sus mandatos. Las sólidas perchas de las que colgaban los grandes acontecimientos históricos se han desprendido y han dejado un mundo más inestable, flexible y cambiante. Todo cambia más rápido y más profundamente cada día, cada hora, cada minuto. La teoría de la incertidumbre, a la que dio nombre Heisemberg en 1925, por momentos se vuelve más actual con el impredecible devenir de los acontecimientos y su complejidad.

El tiempo es un valor al alza. Hoy se contrata y se cotiza el tiempo, hoy se paga y se valora a tenor del tiempo necesario para realizar cualquier actividad. El tiempo es ese tesoro que se nos escapa cada vez más rápido pero que tratamos de amortizarlo al máximo con la multitarea (multitasking). Hoy compramos el tiempo cuando invertimos dinero para que otros nos hagan las tareas que nos permitan desarrollar una actividad, probablemente más cualificada. Hoy se paga tarifa “premium” por llegar antes o por recibir, con mayor premura, lo que hemos adquirido. Pero a la vez, hoy se vive más angustiado, sufrimos enfermedades de nuestro tiempo como el estrés, la ansiedad, la depresión… Caminamos como pollo sin cabeza, a veces dando vueltas al mismo círculo, sin encontrarnos a nosotros mismos. ¿El verano puede ser un buen momento para iniciar esa búsqueda?

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